Francisco X. Balmis y Berenguer (1753-1819): Una aventura sanitaria

Valencianos de leyenda #2
Por Rosa Ballester
09/03/2026

Este texto se enmarca en la serie Valencianos de leyenda que dedicamos a figuras ilustres de nuestra historia.

 

Reconocido como un pionero de la vacunación internacional, Francisco Xavier Balmis (1753-1819), fue un médico y cirujano nacido en la ciudad de Alicante, en el marco de una tradición familiar en la que su padre y su abuelo pertenecieron al gremio de sangradores barbero-cirujanos.

 

Vista con perspectiva histórica, la viruela y la vacunación contra esta enfermedad representan la doble cara de la tragedia y la esperanza humanas. La posibilidad de prevenir una enfermedad tan alarmante como la viruela, fue posible gracias al esfuerzo desarrollado por una serie de médicos modernos, magníficos observadores y con un empirismo clínico que se mostró, en un momento en el que no existía un marco teórico suficientemente fundamentado, extraordinariamente eficaz. En este contexto hay que entender la agudeza de la observación y experimentos de Edward Jenner en 1796. El hallazgo de Jenner revolucionaba la lucha contra la viruela, pues lo que había logrado era reproducir en las personas la viruela de las vacas, una enfermedad benigna para los seres humanos, que les permitía inmunizarse indefinidamente contra la viruela humana y con un grado de seguridad del que carecía la antigua variolización. La rápida expansión de la técnica estaba más que justificada no solo por la importancia demográfica y epidemiológica de la enfermedad, sino también por su importancia social, un sentimiento colectivo de temor y de impotencia ante una patología que no parecía respetar clases sociales ni contaba con una terapéutica eficaz. La muerte de Luis I, hijo de Felipe V y la de tantos otros niños, ricos y pobres, sensibilizaron a la población contra esta enfermedad.

 

El descubrimiento de Jenner, se ha presentado tradicionalmente como una de las aportaciones científicas que de forma más clara han dado un vuelco a mejora de las condiciones de vida de la humanidad. Los efectos de la vacunación –un término que con Pasteur pasará a designar cualquier forma de inmunización activa– se observaron pronto en toda Europa. Durante el siglo XIX, la vacunación se hizo obligatoria, por precepto legal, en la mayor parte de los países europeos. En 1959, con el impulso directo de la Organización Mundial de la Salud, se planteó el ambicioso programa de erradicación de la enfermedad. El 8 de mayo de 1980, la organización sanitaria internacional declaró solemnemente la erradicación mundial de la viruela.

 

En 1803, el Rey Carlos IV, ante las noticias alarmantes de brotes epidémicos en el Virreinato de Nueva Granada y otros territorios, aprobó el envío de una expedición científica que la Gaceta de Madrid, el 5 de agosto de 1803, anunciaba así:

 

“SM el Rey de España oído el dictamen de su Consejo y de algunos sabios, había dispuesto una expedición marítima compuesta por facultativos hábiles y adictos a la empresa de propagar por todos los dominios españoles el precioso descubrimiento de la vacuna, bajo la dirección de D. Francisco Xavier de Balmis".

 

Entre las personas que participaron en la Expedición (sus protagonistas fueron treinta y dos personas - director (FX. Balmis), subdirector ( J. Salvany), 3 enfermeros, 2 ayudantes, 2 practicantes, Isabel Zendal, la rectora de la Cassa de Expósitos de la Coruña y 22 niños entre 3 y 9 años, más el capitán y la marinería que gobernaba el barco- muchas de ellas anónimas para la historia,  hemos de destacar los tres pilares sobre los que pivotó la máxima responsabilidad: los responsables de la dirección y la responsable de los niños vacuníferos: Balmis, Salvany, Zendal.

 

Es interesante contemplar la figura de Balmis a través de un aspecto menos conocido que el del desarrollo de la Expedición y sus avatares que conocemos muy bien a través de trabajos de historiadores como Susana Ramirez (Ramírez Martín, S. La salud del Imperio. La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna. Madrid: Doce Calles, 2002).

 

Vamos para ello, a caminar con Balmis por otros territorios más inexplorados. Diríamos, que hay otra expedición, la de una persona que vive intensamente su trabajo en el contexto de la ciencia ilustrada, que se hace preguntas y busca respuestas y que, con las herramientas que la ciencia de su tiempo le proporciona, fundamenta toda su actividad profesional.

Previamente, vamos a recordar muy brevemente el Derrotero de la Expedición para contemplar su magnitud y el contexto político y social en el que se desarrolló.

 

I.- La Expedición. Tres grandes momentos:

 

1r. momento. La expedición conjunta (30 de noviembre de 1803 a 8 de mayo de 1804)

Desde la Península (puerto de La Coruña) al continente americano, con escalas en Tenerife y Puerto Rico. De allí a la Capitanía General de Venezuela.

 

2º momento. La Expedición se divide: subexpedición de Salvany (8 de mayo de 1804- 21 de julio de 1810, muerte de Salvany en Cochabamba)

Por necesidades logísticas y para poder llegar al mayor número de vacunados, la expedición se dividió: la dirigida por Salvany, el subdirector de la Expedición, se encaminó rumbo a la América Meridional.

Virreinato de Nueva Granada (Cartagena de Indias / Santa Fé de Bogotá)/

Virreinato de Perú/ Real Audiencia de Quito /Capitanía General de Chile.

 

3r momento. La Expedición se divide: subexpedición de Balmis (8 de mayo de 1804- 7 de septiembre de 1806)

Emprenden rumbo a la América septentrional. Navegando por el Caribe hasta La Habana. De allí a Nueva España: península del Yucatán- México.

El 7 de febrero de 1805, Filipinas. Desde Filipinas Balmis regresó a la Península Ibérica, vía portuguesa desde el puerto factoría de Macao que Portugal tenía establecido en territorio chino, donde también se estableció la vacuna y de allí, a Cantón. Finalmente, Balmis abandonó Asia y tras una escala técnica en la isla de Santa Elena, llegó a Lisboa y luego a Madrid, donde es recibido por Carlos IV el 7 de septiembre de 1806.

 

Pero no acaba ahí la expedición. Los que quedaron en Filipinas volvieron a Acapulco en 1809. Los componentes del grupo de Salvany nunca volvieron a la Península y los conflictos bélicos (Guerra de la Independencia española y de la Independencia americana) les obligaron a establecerse en Nueva España.

 

Una reflexión: aunque los propósitos iniciales fueron más ambiciosos y la realidad se impuso sobre algunos de los objetivos que figuran en el plan de trabajo del viaje, qué duda cabe que la magnitud de la Expedición y sus resultados finales constituyen un hito histórico fundamental por tratarse de la primera misión de difusión internacional de actividades en salud pública y la primera campaña de vacunación masiva en la historia. Se vacunó a más de millón y medio de personas que vivían en territorios ultramarinos de ambos hemisferios. Los obstáculos y problemas de todo tipo fueron enormes, pero, además del elevado número de personas vacunadas, se instituyeron, por vez primera, estructuras estables organizativas de salud pública, como las Juntas de Vacunación, en los distintos territorios visitados. Como se ha dicho: una expedición, dos océanos, tres continentes y miles de niños. El propio Edward Jenner, elogió tal gesta como uno de los actos de filantropía más nobles realizados por la humanidad hasta aquel momento.

 

Para comprender adecuadamente el significado histórico de los resultados alcanzados, hay que analizar previamente aquellos elementos que lo hicieron posible. De ese modo, la confluencia de tres tradiciones: la medicina española colonial, el éxito de las expediciones científicas y la recién nacida higiene pública están detrás de la puesta en marcha la expedición de la vacuna. A estas tres tradiciones, se une una cuarta herencia: la de la medicina militar de gran calidad que la dinastía borbón había impulsado. Una medicina castrense, que se había formado en los hospitales y en los ejércitos y que practicaba la observación, la experiencia y las novedades del saber que el padre Feijoo quería para la medicina. Por otro lado, la incursión de la Corona en el ámbito de la salud tenía como objetivos aumentar la población y promover su bienestar como fuente de trabajo y riqueza. De esta manera a la vez que se ejercía el filantropismo, obtenía por estas acciones la legitimación y el reconocimiento de sus súbditos.

 

Los núcleos urbanos más poblados y las zonas costeras fueron las más beneficiadas y dentro de ellas, los sectores más favorecidos socialmente. Por el contrario, la difusión entre las clases populares fue más lenta y complicada, ya que, pese a la gratuidad de la vacuna, en algunos lugares se tenía la experiencia negativa de la ineficacia de las variolizaciones o vacunaciones anteriores, mal realizadas por persona inexpertas que no en pocas ocasiones tenían como finalidad el afán de notoriedad o directamente, era una forma de lucrarse con dicha actividad. La viruela continuó, de hecho, siendo una realidad en las colonias españolas aunque ciertamente a un nivel claramente inferior.

 

II.- ¿Qué ciencia?

 

Es imposible aislar la imagen de Balmis de la de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, aspecto éste mucho más cuidadosamente estudiado que otro tipo de actividades desarrolladas en el curso de su vida, como el hecho de que fuera cirujano militar o que interviniera como uno de los introductores de la materia médica americana e intentara aplicarla en la terapéutica de determinadas dolencias como la sífilis. Esta circunstancia se explica teniendo en cuenta la espectacularidad y el significado de la Expedición de la Vacuna.

 

En el caso de Balmis como científico, analicemos sucintamente el punto de partida de su visión de la ciencia lo que nos da algunas claves para entender la importancia de sus aportaciones y su legado. La nueva medicina, de la que forma parte nuestro personaje, se constituía en torno al recuerdo de la figura de Hipócrates o sus seguidores modernos Sydenham, Baglivi o Boerhaave. Su refuerzo en contra de Galeno permitía una medicina basada en los sentidos, en la observación y la práctica.

 

En el estudio introductorio de Balmis a la traducción castellana del Tratado histórico y práctico de la vacuna de Jean Louis Moreau de la Sartrhe en 1803 (primer gran difusor y divulgador de la obra de Jenner en Europa) decía:

 

“Hay que luchar contra la ignorancia, contra aquellos que utilizan esta práctica sin una formación necesaria para poder evaluar los resultados”. “Y con la ilustración y el conocimiento a la hora de emprender las actividades preventivas”.

 

Y Balmis hace suyas las palabras de Moreau, quien afirma que “los conceptos firmes, los experimentos auxiliados por la razón, los resultados que calculan anticipadamente los hombres de genio que los hacen o los hacen ejecutar, permiten que de ese modo, las ciencias y las artes adquieran un alto grado de perfección. Los hechos fortuitos muchas veces son la causa de los avances siempre y cuando haya testigos que están en condiciones de observarlos.” Aquí, Moreau plantea el reconocimiento explícito del valor del método para el progreso científico pero además, la importancia de las observaciones de hechos casuales cuando la mirada del observador adiestrado es capaz de transformarlos en conocimiento científico.

 

Elogia Balmis la capacidad de observación- en el sentido de observación científica, de recogida sistemática de hechos o datos. Es decir, observación y experimentación como métodos de la ciencia nueva. De hecho, el planteamiento metodológico de Moreau que recoge Balmis y los supuestos en los que se fundamenta son de una absoluta modernidad “los hechos dispersos y los procedimientos empíricos han precedido a la doctrina y son las bases fundamentales de la teoría”. Y en diversas ocasiones formula la idea de la provisionalidad de las explicaciones científicas y la relatividad del conocimiento:

 

“Por otro lado, también se presentan los límites del planteamiento metodológico moderno. Por un lado, la necesidad de muestras amplias para que las generalizaciones sean correctas puesto que las observaciones singulares no permiten establecer una ley general”.

 

No hay un marco teórico nuevo que explique la enfermedad (y mucho menos su etiología) pero sí que hay unas novedades en la nueva clínica y sobre todo, en la prevención, bajo el paraguas común del empirismo. Y en el tema de la vacuna es donde vemos aparecer a Balmis como un médico moderno.

 

Frente a la dificultad de ir a la razón última, a la verdad con mayúsculas, de la acción de la vacuna: “nosotros conocemos la naturaleza por fuera, pero todavía no la hemos desentrañado internamente Así, la experiencia nos ha demostrado que la vacuna preserva de la viruela y hemos de creer en este efecto maravilloso e incomprensible que se presenta a nuestra razón”. El mundo de los sentidos, el mundo objetivo, se impone a las especulaciones.

 

Siempre el saber médico ha tenido una de sus fuentes en ese modo de adquirir conocimientos valiosos y conquistar prácticas útiles a que solemos dar el nombre de “empirismo”. Esto es, el hallazgo fortuito o planeado de realidades nuevas, sin que su descubridor – en un primer momento al menos- haya intentado interpretarlos con un objetivo racional o teorético. Pero, en el momento en el que vive Balmis, de esa fuente procederá buena parte del saber y el quehacer de los médicos y a la conquista empírica del mundo van a entregarse no pocos de los mejores prácticos de la medicina europea: primero, con ánimo de aventura y luego de manera metódica y racionalizada, mediante el empleo de reglas capaces de ordenar, con un fin determinado, aun sin interpretarlos teóricamente, los hechos descubiertos a favor de la pura experiencia:

 

“Que no os pare el no entender el misterio de como una sola gota de fluido vacunal introducida por debajo (de la piel) en la epidermis … pueda ocasionar un fenómeno tan grande e inesperado como el de liberarnos para siempre del flagelo de la viruela, porque tampoco sabemos cómo se producen otros fenómenos que admiramos en el cuerpo humano de la certeza de los cuales no hay duda aunque no sea más trasparente el velo que los oculta y de esta manera contribuiremos a perfeccionar la gran obra, por tantos sabios apoyada, de llevar a todos los puntos del globo la persecución del agente varioloso hasta su extinción y que nuestros nietos no lo conozcan sino por la historia de sus estragos”.

 

A la hora de poner en práctica estas ideas, lo importante no son las disquisiciones teóricas sobre el mecanismo de acción de la vacuna sino recoger datos y experiencias. Estamos muy lejos del desarrollo de la microbiología, de la virología y de la inmunidad.

 

Lo cierto es que, debido a todas estas corrientes, se dejan de lado ya las interpretaciones humoralistas de la medicina galénica tradicional. En los inicios del siglo XIX en las escasas y pioneras historias clínicas, comenzaron a introducir el resultado de las autopsias. Y también de forma muy rudimentaria y escasa, la contribución de la naciente química, como por ejemplo el aplicar el análisis químico al fluido vacunal usando el alcohol, o el nitrato de plata y observando cómo actúan sobre dicho fluido concluyendo: “el resultado de estos experimentos es que ese humor se compone de agua y albúmina, cuyas proporciones ignoramos”. “El pus vacunal desecado adquiere la dureza del vidrio y oxida el hierro. Expuesto al fuego exhala un olor de carbonato amoniacal”.

 

Otro importante rasgo de modernidad, fue la cuantificación y verificación estadísticas de los datos de las vacunaciones a través de ensayos clínicos con el uso de grupos de control, sometidos a viruelas naturales y los vacunados realizados por dos clásicos de este tema y pioneros de este método: los médicos ingleses William Woodville (1752-1805) y George Pearson (1751-1820) miembros de la Royal Society of London (cuya relación con Balmis de estos y otros miembros de dicha institución es poco conocida investigar). Y, sin duda, un intento de recopilación exhaustiva de todos los conocimientos existentes en ese momento sobre el método vacunal, con la inclusión de datos estadísticos sobre el cómputo de vacunados.

 

En suma, en el día a día de la práctica diaria, debió ser la regla, la experiencia y la atención al método inductivo moderno y a una medicina basada en la observación clínica y en la experimentación. Este programa, profundamente ecléctico, reunía elementos procedentes de varias tendencias, asimilando lo más aprovechable de cada una de ellas.

 

La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna fue la primera campaña de vacunación masiva en la historia. En sí misma, la Expedición es un hecho histórico de primera magnitud en el contexto de la ciencia y la cultura nacional e internacional. Fuera de consideraciones excesivamente panegíricas sobre la Expedición o sobre la figura de Balmis, ciertamente, la empresa como tal, fletar una expedición con el fin específico de difundir la tecnología para vacunar frente a la viruela, siguiendo una meticulosa planificación de las necesidades científicas y logísticas de todo tipo, representó un esfuerzo humano y económico considerable.

 

Uno de los rasgos de la personalidad de Balmis fue la búsqueda del perfeccionismo en sus actuaciones y quizá, una excesiva confianza en sí mismo. Esto le provocó a veces, ver a los demás como inferiores en capacidad. Como consecuencia, centralizará, en lo posible, toda la labor realizada por la Expedición. Por otro lado, no perdonará la indiferencia ni la tibieza de las autoridades locales ante lo que para él era tan esencial como la propagación de la vacuna. Energía, tenacidad y grandes dotes de organización son otros tantos rasgos de su perfil.

 

Entre 1799 y 1801 estudió dos cursos de medicina clínica con la finalidad de obtener el grado de doctor y ese mismo año solicita al Rey ser nombrado consultor de medicina en el ejército de Extremadura con unas palabras que

dicen mucho de su carácter:

 

“Desde de entonces ahora (desde que fue nombrado cirujano militar) no ha ahorrado trabajos el suplicante, no solo en el estudio de la cirugía, sino también en el de la química, la botánica y la medicina práctica”. Es decir, Balmis, un ilustrado, apasionado por la ciencia.

 

Por otro lado, la curiosidad científica despertada en España por la Expedición, sobrepasó los ambientes estrictamente científicos. En un entorno típicamente ilustrado, no solo los sabios, sino los aficionados distinguidos -como en otras partes de Europa, en gran medida dentro de ambientes aristocráticos- apasionados por los herbarios, las colecciones, los experimentos de física fueron gentes ganadas para la causa de la ciencia y que lentamente se hicieron devotos de los gabinetes, la prensa de divulgación, los ascensos en globo, la jardinería exótica o los salones.

 

España se vio inmersa en un amplio esfuerzo de seducción de públicos, para comprometerlos con la causa de los nuevos valores asociados con la cultura de la ciencia (utilidad, veracidad, salubridad y publicidad, entre otros), tanto como con sus portavoces (los científicos y técnicos) y sus patrones (los nuevos funcionarios de corte). Nuevos actores que se apoyaban en la credibilidad que alcanzara la ideología del progreso y la felicidad públicas.

 

 

Imagen: Expedición de Francisco Balmis a la América, por Francisco Pérez. Litografía de Manini y Cía

 

 

 

Rosa Ballester

Catedrática emérita de Historia de la Ciencia y Académica de número de la RAMCV